Un mes lejos, 34 días para ser exactos

Llegó el día. Me despedí de mi bebé mientras el hacía la siesta. Con lagrimas en los ojos le di un beso despacito para que no se despierte y me fui al aeropuerto.

No sabía si reír o llorar, por un lado estaba emocionada de ver a Javier, del viaje que íbamos a hacer juntos y de cerrar con broche de oro esa etapa de nuestras vidas. Por otro lado tenía que llegar a Madrid a dar exámenes en la U y por estar con el monito no había estudiado como quisiera y aparte, cada 5 metros que recorría el auto quería frenar a raya y regresar con mi bebé.

Uff! Y déjenme decirles desde ahorita que esa sensación de dejar a tu hijo en un país y subirte en un avión no se compara con nada más que con dejar un riñón en la refri y irte a España. Y al contrario de lo que pensé no se va poniendo más fácil con el tiempo. Esas ganas locas de dejar botado todo y regresar a Quito me duraron el mes entero.

Nunca me había subido a un avión con tal revoltijo de sentimientos, me senté en mi asiento sola. Ya me había olvidado de lo fácil que es andar por ahí sola, sin cargar coche, pañales, cambios de ropa, juguetes, jugo, leche, snack por si acaso, fruta picada y envases vacíos de los snack que ya se comió porque primero muerta antes que usar envases desechables. Me puse mis audífonos y saqué mis notas de la universidad.
Cuando la azafata pasó a ofrecerme algo de beber pedí vino, porque estoy viajando sola, pero más porque lo necesitaba.

El resto de la historia va para otra ocasión, solo les voy a decir que me fue bien en los exámenes, que desde el día que salí de Quito estuve contando los días que me faltaban para regresar a ver a mi bebé y que disfruté mucho de ese tiempo a solas con Javier.

La parte que les quiero contar ahora es lo que pasó antes de subirme en ese avión. Cuando nació Mateo, e incluso antes de que nazca, me había decidido a no mentirle jamás. A respetar su inteligencia y decirle siempre la verdad.

Así que antes de subirme en un avión y separarnos un mes tenía la obligación de asegurarme que ese niño entienda lo que estaba pasando. Quería que sepa que me iba, y que me iba a demorar, que se quedaba con los abuelos y que íbamos a estar pensando en el todo el tiempo.
No me pareció difícil, y aunque muchas personas cercanas no estaban de acuerdo conmigo, yo siempre la tuve súper clara: A los niños no se les engaña, no se les “despista” para que no se den cuenta y no se les miente.
Pero para eso tenía que preparar a Mateo para mi partida.

Aquí les dejo lo que hice:

Simplificar la verdad.
Ok, si, yo dije que quería respetar su inteligencia, pero un niño de dos años no va a entender que me tengo que ir a dar exámenes, que después de eso me voy a dar una vuelta por Europa con su papá y que no le podemos llevar porque a pesar de que lo queremos mucho también queremos estar solos los dos y no cambiar pañales por unos días. No.

A Mateo le dije que me iba a subir en un avión como en el que llegamos el y yo y que iba a regresar con su papá. Que nos íbamos a demorar porque teníamos muchas cosas que hacer, pero que el se quedaba con los abuelos que lo quieren y lo van a cuidar mucho hasta que lleguemos.

Asegurarme de que me entienda.
En este caso eso quiere decir repetir la historia algunas veces. No se trataba de lavarme la conciencia y pensar que con decírselo una vez ya estaba. Quería que me escuche y que me entienda. Así que como haría con cualquier persona que no domina todavía bien un idioma se lo repetí muchas veces y de muchas formas para que vaya construyendo el mensaje completo en su cabeza. Siempre se lo decía cuando sabía que me estaba prestando atención y cerraba el cuento con un beso. Lo más importante era que entienda que lo amamos con locura. 

Le hice un cuento con dibujos.
Los niños son extremadamente visuales, lo que no entienden con palabras lo entienden perfectamente con imágenes. No solo en ese momento sino que las imágenes les ayudan a crear una memoria visual que construye el mensaje completo en su cabeza. Así que le hice un cuento ilustrado. No es mi mejor ilustración, ni a la que más tiempo le he dedicado, pero aproveché mis conocimientos para crear una herramienta de comunicación (mi profesor de diseño 101 estaría muy orgulloso de mi)
El libro se lo leí yo algunas veces y también se lo dejé a mi mamá para que se lo lea en mi ausencia.

Un calendario para entender el tiempo.
Al año y pico los niños no entienden el tiempo como nosotros. Los días todavía se les confunden y entender qué es un mes es todavía más complicado. Así que siguiendo las recomendaciones de Patty Muñoz, experta en crianza, le hice un calendario con los días que faltaban para que mamá y papá regresen. Compré una cartulina y un paquete de stickers y le expliqué como funcionaba. “Cada día antes de dormir pegas un sticker aquí, mamá y papá regresan cuando estén llenos todos estos cuadraditos.”
Después mi mamá me contó que quería pegar todos los stickers de una sola, pero bueno.

Calendario de cartulina
Una cartulina y stickers pueden ayudar a entender el tiempo.

PD1: Si necesitas un libro personalizado que trate temas complicados de entender para niños con gusto te puedo hacer uno parecido al que usé con Mateo. Hay muchas cosas difíciles de entender solo con palabras.
Ponte en contacto conmigo: mariepetitelover@gmail.com

PD2: Patthy Muñoz fue mi doula, es experta en lactancia y crianza. Maneja un grupo de apoyo para mamás del que yo fui parte un tiempo y ha sido una gran guía en temas complicados de la maternidad. Siempre la recomiendo con mucho cariño porque a mi me ayudó mucho en mi embarazo y lactancia. Vertiente de Amor y Vida

 

 

2 comentarios sobre “Un mes lejos, 34 días para ser exactos

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  1. Que increíble, eres tan creativa! Comparto 100% contigo lo qué hay que siempre decirles la verdad por respeto a su inteligencia. Me encantó la forma tan creativa y llena de amor con la que hiciste el cuento y el calendario. Que hermoso de verdad!

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